
La conversación se componía de
dos voces, voces que el Papa León XIII claramente entendió que eran las de Jesús
y del diablo. Éste se jactaba de que podía destruir la Iglesia, si se le
concedían 100 años para llevar a cabo su plan. El diablo también pidió permiso
para “una mayor influencia sobre aquellos que se entregaran a su servicio”. A
las peticiones del diablo, el Señor le respondió: “se te dará el tiempo y el
poder”.
Impactado profundamente por lo
que había oído, el Papa León XIII compuso la siguiente Oración a San Miguel y
ordenó que se rezara después de las Misas como medida de protección para la
Iglesia contra los ataques del infierno.
La oración ha sido tomada del blog MILES CHRISTI RESISTENS quienes señalan haberla sacado de: La Raccolta, 1930, edición inglesa, Benziger Bros., pp. 314-315. (La Raccolta es una colección de la Iglesia Católica con imprimátur de oraciones oficiales indulgenciadas).
Oración
¡Oh gloriosísimo príncipe de la
milicia celestial, Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha que mantenemos
combatiendo “contra los principados y las potestades, contra los caudillos de
este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos esparcidos por los aires”.
Ven en auxilio de los hombres que Dios ha creado inmortales, que formó a su
imagen y semejanza y que rescató a gran precio de la tiranía del demonio.
Combate en este día, con el
ejército de los santos ángeles, los combates del Señor como en otro tiempo
combatiste contra Lucifer, el jefe de los orgullosos, y contra los ángeles
apóstatas que fueron impotentes de resistir y para quien no hubo nunca jamás
lugar en el Cielo.
Sí, ese monstruo, esa antigua serpiente que se llama demonio y Satán, él que
seduce al mundo entero, fue precipitado con sus ángeles al fondo del abismo.
Pero he aquí que ese antiguo enemigo, este primer homicida ha levantado
ferozmente la cabeza. Disfrazado como ángel de luz y seguido de toda la turba y
seguido de espíritu malignos, recorre el mundo entero para apoderarse de él y
desterrar el Nombre de Dios y de su Cristo, para hundir, matar y entregar a la
perdición eterna a las almas destinadas a la eterna corona de gloria. Sobre
hombres de espíritu perverso y de corazón corrupto, este dragón malvado derrama
también, como un torrente de fango impuro el veneno de su malicia infernal, es
decir el espíritu de mentira, de impiedad, de blasfemia y el soplo envenado de
la impudicia, de los vicios y de todas las abominaciones.
Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia,
esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus
manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de
Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el
abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y
dispersar al rebaño.
Te suplicamos, pues, Oh príncipe invencible, contra los ataques de esos
espíritus réprobos, auxilia al pueblo de Dios y dale la victoria. Este pueblo
te venera como su protector y su patrono, y la Iglesia se gloría de tenerte
como defensor contra los malignos poderes del infierno. A ti te confió Dios el
cuidado de conducir a las almas a la beatitud celeste. ¡Ah! Ruega pues al Dios
de la paz que ponga bajo nuestros pies a Satanás vencido y de tal manera
abatido que no pueda nunca más mantener a los hombres en la esclavitud, ni
causar perjuicio a la Iglesia. P resenta nuestras oraciones ante la mirada del
Todopoderoso, para que las misericordias del Señor nos alcancen cuanto antes.
Somete al dragón, la antigua serpiente que es diablo y Satán, encadénalo y precipítalo
en el abismo, para que no pueda seducir a los pueblos. Amén.
He aquí la Cruz del Señor, huyan potencias enemigas.
Venció el León de Judá, el retoño de David.
Que tus misericordias, Oh Señor se realicen sobre nosotros.
Como hemos esperado de ti.
Señor, escucha mi oración
Y que mi clamor se eleve hasta ti
Oremos: Oh, Dios Padre Nuestro Señor Jesucristo, invocamos tu Santo Nombre, e
imploramos insistentemente tu clemencia para que por la intercesión de María
inmaculada siempre Virgen, nuestra Madre, y del glorioso San Miguel Arcángel,
te dignes auxiliarnos contra Satán y todos los otros espíritus inmundos que
recorren la tierra para dañar al género humano y perder las almas. Amén.
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