Son tantas y tan grandes y continuas las mercedes y favores que cada uno de nosotros recibe del Ángel particular de su guarda, que es cosa justa y muy debida que le hagamos fiesta particular conforme al espíritu de la santa Iglesia.
Esta festividad fue instituida por Paulo V en 1608
Es verdad católica y muy recibida
entre los sagrados doctores, que todos los hombres, fuera de Cristo nuestro
Redentor, desde el punto que nacen, tienen un Ángel custodio dado por Dios para
su guarda y defensa. Y dícese que Cristo no le tuvo, porque siendo Dios y Señor
de los ángeles, no tenía necesidad de ángel que le guardase, antes era
conveniente que todos los ángeles le sirviesen como lo hacían. Pero nosotros
por ser tan ignorantes y flacos, y tener tan poderosos enemigos, necesitamos la
ayuda de los soberanos espíritus para que nuestras almas, que son inmortales y
compañeras de los mismos ángeles, puedan henchir las sillas que dejaron vacías
aquellos espíritus rebeldes que de ellas cayeron.
Ellos son los que nos preservaron
de mil riesgos para que ya en naciendo, recibiésemos el agua del santo
bautismo; ellos nos desviaban muchas veces de los tropiezos cuando íbamos a
caer; ellos ponían en nuestro corazón las primeras semillas de virtudes; ellos
velaban cuando dormíamos y estaban siempre a nuestro lado para nuestra defensa.
Ellos son los que nos ayudan con santas inspiraciones, con amonestaciones saludables,
y también con reprensiones y sofrenadas para que nos dejemos conducir
enteramente por Dios.
Ellos se alegran con nuestras
espirituales ganancias, y se entristecen con nuestras pérdidas: ellos son los
que ofrecen nuestras oraciones y buenas obras al Señor: ellos son los que a la hora
de la muerte nos libran del dragón infernal que nos querría tragar: ellos son los
que acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, son los que las visitan y
consuelan en el purgatorio, o las reciben en el paraíso. Todo esto hacen los
santos ángeles custodios; por lo cual debemos engrandecer la suma bondad de Dios
por haber querido que aquellos tan excelentes, tan sabios y tan gloriosos
espíritus sean nuestros tutores, ayudadores y defensores, y también hemos de
reconocer y agradecer los beneficios que nos hacen, profesándoles una muy
tierna y cordial devoción.

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