San Alejo nació en Roma, hacia la
segunda mitad del siglo iv. Era su padre Eufemiano, uno de los más ricos e ilustres
senadores de la ciudad; y su madre Agíais, de nobleza igual a la de su esposo;
pero ambos, aún mucho más recomendables por su notoria virtud que por su
nacimiento y bienes de fortuna. Su casa era albergue de todos los necesitados,
y su caridad ilimitada. Fuera de las muchas limosnas secretas que repartían
entre los pobres honrados y vergonzantes, cada día daban de comer a trescientos
o cuatrocientos indigentes a la puerta de su casa , de manera que todas sus
grandes rentas se consumían en limosnas.
Cuando Alejo llegó a la edad maduroa
sus padres le propusieron en matrimonio a una doncella romana. Competían en
ella la virtud y la hermosura, y parecía destinada expresamente por el cielo
para coronar las felicidades de aquella familia. A pesar de sus repugnancias
por el estado de matrimonio, condescendió Alejo con la voluntad de sus padres, por
el respeto que les profesaba. Alejo se
prestó a todo, pero en la noche del mismo día, en el momento de cumplir la
formalidad que debía hacer definitivo el contrato empezado, vaciló el joven. En
vez de acompañar a su desposada a la suntuosa habitación que les estaba destinada,
se apartó de los convidados, y en ferviente oración pidió a Dios que le hiciera
conocer su voluntad. Por divina inspiración, con la gracia que iluminó su alma,
renovó la promesa que había hecho de pertenecer sólo a Jesucristo y de imitarle
en su humildad y pobreza, consagró su cuerpo y su alma a Dios determinando
permanecer virgen.
Alejo debía de dar a conocer a su
desposada la decisión que acababa de tomar. A este efecto, puso en la
habitación de la joven el anillo de oro, prenda de la alianza, cuya devolución,
según las costumbres de la época, rompía el matrimonio aún no definitivamente concluido.
Libre ya del compromiso, como de una servidumbre, abandonó secretamente,
aquella misma noche, la casa paterna para poder practicar la pobreza voluntaria
e imitar a Cristo que, siendo dueño de todas las cosas, quiso hacerse pobre y
vivir por amor al hombre en la más extremada humildad.
Con el fin de escapar más rápida
y seguramente a las pesquisas que sus padres no dejarían de hacer, Alejo debió
apresurarse a salir de Roma para llegar al puerto de Ostia, desde donde podía,
por barco, arribar a Egipto o a Siria. Desconócese el itinerario que siguió el
piadoso peregrino. Pero bien puede suponerse que evitaba con cuidado todo lo
que pudiera darle a conocer a los mensajeros enviados por sus padres.
Pasó la vida siendo mendigo y en
constante oración, especialmente sentía una profunda devoción por la Santísima Virgen.
Volviendo a la ciudad de sus
padres, al entrar pobre y desconocido en esta ciudad en donde su familia ocupaba
situación distinguida, concibió Alejo un pensamiento sublime. En vez de escoger
para refugio, se dirigió hacia la morada paterna y pidió un rincón en la casa
que le pertenecía. Considerándole por menesteroso, Eufemiano, que jamás rechazaba
a los pobres, no quiso que se impidiese permanecer en su casa, día y noche, al
que llegaba con vestido tan pobre y roto. Preparósele, pues un aposentillo,
debajo de la escalera principal, y en pago de esta hospitalidad, que el mundo
juzgaba extraordinaria, el bienhechor no pidió más que un favor.
— ¿Cuál? — interrogó el mendigo
—Que ruegues por la pronta vuelta
de un hijo único que nos abandonó hace mucho tiempo.
El corazón se le desgarró ante
las lágrimas de sus padres, pero guardó su secreto, pensando que el Señor se
había comprometido a recompensar magníficamente todo sacrificio sufrido en su
nombre, y que aun el dolor de su padre se cambiaría en gozo en el cielo.
Resolvió, pues, permanecer desconocido de los suyos, y distribuyó el día entre
la oración, la visita a las iglesias y las obras de caridad. Tuvo que sufrir a
menudo las burlas e insultos del populacho y los malos tratamientos de los
criados de su padre. Vio las lágrimas de su madre, las de su desposada, que
conservó inviolable fidelidad a aquel a quien había esperado pertenecer.
Agotado por las austeridades a
que se entregaba desde hacía tantos años, el pobre de Cristo se vio obligado
por la enfermedad a quedarse en su pobre escondrijo. Alegrábase de esta última
prueba, pero ansioso de llevar su secreto a la tumba, continuó aquella lucha
extraordinaria con Dios, que quería glorificar a su siervo, mientras éste no se
cuidaba más que de glorificar la humildad y la pobreza evangélicas.
Algunos días después —cuenta la
leyenda—, estando el papa San Inocencio I (401-417) celebrando misa en la
basílica de San Pedro, en presencia del emperador y de gran concurso de fieles,
oyóse una voz que decía: «Buscad al siervo de Dios, y rogará por Roma y el
Señor le será propicio». Por toda la ciudad se buscó a ese santo desconocido,
cuya existencia se dignaba el cielo revelar. Pero los esfuerzos fueron
infructuosos.
El pueblo, reunido de nuevo en la
misma basílica, se puso a rogar, suplicando al Señor le hiciera conocer el
retiro de su siervo. «El siervo de Dios que buscáis —fue la respuesta—, se
encuentra en la casa de Eufemiano».
El senador no creía poseer
semejante tesoro, pero un esclavo, que había adquirido cierta amistad con
Alejo, dijo: «Señor, el siervo de Dios, cuya existencia en vuestra casa ha
revelado el cielo, debe ser aquel pobre a quien vos dais hospitalidad, porque
es hombre que comulga a menudo, reza mucho, ayuna, visita las iglesias y sufre
con paciencia, humildad y alegría muchas y graves molestias de los criados de
casa».
Eufemiano entró en el cuartucho;
en él, tendido en el suelo, cubierto el rostro con su pobre capa, estaba el
Santo: Alejo había muerto pocas horas antes.
RECONOCIDO POR SUS PADRES
Comprobada la muerte del mendigo,
quitaron el saco que le cubría pecho y manos. Tenía en éstas un pergamino que
llenó de estupor a todos los asistentes. En él se revelaba la personalidad
verdadera de aquel mendigo. El hijo único del senador Eufemiano acababa de
morir desconocido y casi abandonado en la casa de su propia familia. Fácilmente
se adivina el dolor de los padres ante tan dolorosa e inesperada sorpresa. Hallaban,
por fin, a su hijo, pero sin vida, ¡y le habían albergado, sin saberlo, durante
tantos años! Reprochábanse no haber sabido reconocerle bajo los harapos que le
cubrían. Era espectáculo desgarrador ver a toda la familia sumida
repentinamente en tan terrible prueba. El Papa hizo celebrar funerales tan
solemnes, cual no se vieron semejantes en Roma, y durante una semana, el cuerpo
de Alejo quedó expuesto en la basílica de San Pedro, ante un concurso inmenso
de pueblo que acudía a implorar la protección del siervo de Dios.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario