jueves, julio 17, 2025

Alejo, el santo que vivió de mendigo en casa de sus padres 17 de julio

San Alejo nació en Roma, hacia la segunda mitad del siglo iv. Era su padre Eufemiano, uno de los más ricos e ilustres senadores de la ciudad; y su madre Agíais, de nobleza igual a la de su esposo; pero ambos, aún mucho más recomendables por su notoria virtud que por su nacimiento y bienes de fortuna. Su casa era albergue de todos los necesitados, y su caridad ilimitada. Fuera de las muchas limosnas secretas que repartían entre los pobres honrados y vergonzantes, cada día daban de comer a trescientos o cuatrocientos indigentes a la puerta de su casa , de manera que todas sus grandes rentas se consumían en limosnas.

Cuando Alejo llegó a la edad maduroa sus padres le propusieron en matrimonio a una doncella romana. Competían en ella la virtud y la hermosura, y parecía destinada expresamente por el cielo para coronar las felicidades de aquella familia. A pesar de sus repugnancias por el estado de matrimonio, condescendió Alejo con la voluntad de sus padres, por el respeto que les profesaba.  Alejo se prestó a todo, pero en la noche del mismo día, en el momento de cumplir la formalidad que debía hacer definitivo el contrato empezado, vaciló el joven. En vez de acompañar a su desposada a la suntuosa habitación que les estaba destinada, se apartó de los convidados, y en ferviente oración pidió a Dios que le hiciera conocer su voluntad. Por divina inspiración, con la gracia que iluminó su alma, renovó la promesa que había hecho de pertenecer sólo a Jesucristo y de imitarle en su humildad y pobreza, consagró su cuerpo y su alma a Dios determinando permanecer virgen.

Alejo debía de dar a conocer a su desposada la decisión que acababa de tomar. A este efecto, puso en la habitación de la joven el anillo de oro, prenda de la alianza, cuya devolución, según las costumbres de la época, rompía el matrimonio aún no definitivamente concluido. Libre ya del compromiso, como de una servidumbre, abandonó secretamente, aquella misma noche, la casa paterna para poder practicar la pobreza voluntaria e imitar a Cristo que, siendo dueño de todas las cosas, quiso hacerse pobre y vivir por amor al hombre en la más extremada humildad.

Con el fin de escapar más rápida y seguramente a las pesquisas que sus padres no dejarían de hacer, Alejo debió apresurarse a salir de Roma para llegar al puerto de Ostia, desde donde podía, por barco, arribar a Egipto o a Siria. Desconócese el itinerario que siguió el piadoso peregrino. Pero bien puede suponerse que evitaba con cuidado todo lo que pudiera darle a conocer a los mensajeros enviados por sus padres.

Pasó la vida siendo mendigo y en constante oración, especialmente sentía una profunda devoción por la Santísima Virgen.

Volviendo a la ciudad de sus padres, al entrar pobre y desconocido en esta ciudad en donde su familia ocupaba situación distinguida, concibió Alejo un pensamiento sublime. En vez de escoger para refugio, se dirigió hacia la morada paterna y pidió un rincón en la casa que le pertenecía. Considerándole por menesteroso, Eufemiano, que jamás rechazaba a los pobres, no quiso que se impidiese permanecer en su casa, día y noche, al que llegaba con vestido tan pobre y roto. Preparósele, pues un aposentillo, debajo de la escalera principal, y en pago de esta hospitalidad, que el mundo juzgaba extraordinaria, el bienhechor no pidió más que un favor.

— ¿Cuál? — interrogó el mendigo

—Que ruegues por la pronta vuelta de un hijo único que nos abandonó hace mucho tiempo.

El corazón se le desgarró ante las lágrimas de sus padres, pero guardó su secreto, pensando que el Señor se había comprometido a recompensar magníficamente todo sacrificio sufrido en su nombre, y que aun el dolor de su padre se cambiaría en gozo en el cielo. Resolvió, pues, permanecer desconocido de los suyos, y distribuyó el día entre la oración, la visita a las iglesias y las obras de caridad. Tuvo que sufrir a menudo las burlas e insultos del populacho y los malos tratamientos de los criados de su padre. Vio las lágrimas de su madre, las de su desposada, que conservó inviolable fidelidad a aquel a quien había esperado pertenecer.

Agotado por las austeridades a que se entregaba desde hacía tantos años, el pobre de Cristo se vio obligado por la enfermedad a quedarse en su pobre escondrijo. Alegrábase de esta última prueba, pero ansioso de llevar su secreto a la tumba, continuó aquella lucha extraordinaria con Dios, que quería glorificar a su siervo, mientras éste no se cuidaba más que de glorificar la humildad y la pobreza evangélicas.

Algunos días después —cuenta la leyenda—, estando el papa San Inocencio I (401-417) celebrando misa en la basílica de San Pedro, en presencia del emperador y de gran concurso de fieles, oyóse una voz que decía: «Buscad al siervo de Dios, y rogará por Roma y el Señor le será propicio». Por toda la ciudad se buscó a ese santo desconocido, cuya existencia se dignaba el cielo revelar. Pero los esfuerzos fueron infructuosos.

El pueblo, reunido de nuevo en la misma basílica, se puso a rogar, suplicando al Señor le hiciera conocer el retiro de su siervo. «El siervo de Dios que buscáis —fue la respuesta—, se encuentra en la casa de Eufemiano».

El senador no creía poseer semejante tesoro, pero un esclavo, que había adquirido cierta amistad con Alejo, dijo: «Señor, el siervo de Dios, cuya existencia en vuestra casa ha revelado el cielo, debe ser aquel pobre a quien vos dais hospitalidad, porque es hombre que comulga a menudo, reza mucho, ayuna, visita las iglesias y sufre con paciencia, humildad y alegría muchas y graves molestias de los criados de casa».

Eufemiano entró en el cuartucho; en él, tendido en el suelo, cubierto el rostro con su pobre capa, estaba el Santo: Alejo había muerto pocas horas antes.

RECONOCIDO POR SUS PADRES

Comprobada la muerte del mendigo, quitaron el saco que le cubría pecho y manos. Tenía en éstas un pergamino que llenó de estupor a todos los asistentes. En él se revelaba la personalidad verdadera de aquel mendigo. El hijo único del senador Eufemiano acababa de morir desconocido y casi abandonado en la casa de su propia familia. Fácilmente se adivina el dolor de los padres ante tan dolorosa e inesperada sorpresa. Hallaban, por fin, a su hijo, pero sin vida, ¡y le habían albergado, sin saberlo, durante tantos años! Reprochábanse no haber sabido reconocerle bajo los harapos que le cubrían. Era espectáculo desgarrador ver a toda la familia sumida repentinamente en tan terrible prueba. El Papa hizo celebrar funerales tan solemnes, cual no se vieron semejantes en Roma, y durante una semana, el cuerpo de Alejo quedó expuesto en la basílica de San Pedro, ante un concurso inmenso de pueblo que acudía a implorar la protección del siervo de Dios.

 

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