Es una de las festividades más antiguas de la Santísima Virgen y ocupaba en
Roma en el siglo VII el segundo lugar después de la Asunción. Esta solemnidad
se celebra el 2 de febrero porque, queriendo María, someterse a la ley mosaica,
debía ir a Jerusalén 40 días después del nacimiento del Jesús para ofrecer el
sacrificio prescrito. Las madres debían ofrecer un cordero, o si sus haberes no
se los permitían, “dos tórtolas o dos pichones.”
La Santísima Virgen llevó consigo a Jerusalén al Niño Jesús y la procesión
de las candelas recuerda el viaje que María y José hicieron para presentar en
el templo “al Ángel de la Alianza”, como lo había predicho Malaquías.
“La cera de las velas, dice san Anselmo, significa la carne virginal del Divino
Niño, la mecha, su alma y la llama su divinidad”.
La purificación a la cual la Santísima Virgen se sometió por su acto de
sublime humildad, sin estar obligada, pasa en el oficio y la misa a segundo
plano. Lo que sobre todo celebramos en este día es la presentación del Niño
Jesús en el templo.
Misa Gaspar Lefrebvre, 1958

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