A los tres años de su edad
resucitó a su abuela difunta: poco después recogiendo los pedazos de un cántaro
que se le rompió a una niña, se lo devolvió entero; queriendo su padre ver el
alimento que llevaba para los pobres, se convirtió el pan en rosas.
Uno de los más brillantes
ornamentos de la Tercera Orden de san Francisco, y de la santa Iglesia, fue la
penitente y maravillosísima doncella santa Rosa, natural de Viterbo.
Por aquel tiempo afligían a la Iglesia numerosos enemigos, favorecidos por el emperador Federico Barbarroja; y santa Rosa, siendo de doce años, ilustrada con ciencia infusa, rebatió y confundió a los herejes con los más sólidos e irrefragables argumentos, despreciando los terrores de los sectarios, y la muerte misma que le quisieron dar: de lo cual avergonzados, obtuvieron del gobernador de Viterbo que la arrojase de la ciudad so pretexto de que conmovía al pueblo. Caminando entre nieves y expuesta a perecer, llegó a Salerno, donde profetizó los prósperos sucesos que a poco se verificaron con la muerte del emperador. Vuelta a su patria fue recibida de sus conciudadanos con increíble regocijo.
Para que no saliesen defraudados
sus deseos de soledad y recogimiento, continuó en el retiro de su casa sus
acostumbrados ejercicios de oración y penitencia, atormentando su inocente
cuerpo con ayunos, cilicios y disciplinas, y esto con tanto mayor espíritu y
fervor cuanto sentía más cercano el fin de su vida, que esperaba como el
principio de otra eterna y bienaventurada en el cielo, adonde voló el alma
purísima de la santa, el día 6 de marzo de 1252, a la temprana edad de solo
diez y ocho años.
Reflexión: ¡Cómo se muestra en esta santa niña que Dios nuestro Señor escoge lo necio del mundo para confundir la sabiduría según la carne, lo flaco para confundir a los poderosos, lo vil y despreciado para confundir a los soberbios del siglo: en una palabra, ¡lo que no es para confundir a lo que es! Confiemos pues en Dios, y no temamos a los que pueden, sí, destruir el cuerpo, más ningún daño pueden hacer al alma.
Oración: Oh Dios, que te dignaste
admitir en el coro de tus santas vírgenes a la bienaventurada Rosa, concédenos por sus ruegos
y merecimienos la gracia de expiar todas nuestras culpas y de gozar eternamente
de la compañía de tu Majesitad. Por JCNS Señor. Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario