Así como el fuego prueba la dureza del hierro, así la tentación prueba al hombre justo. Con harta frecuencia ignoramos lo que podemos por nosotros mismos, más la tentación pone de manifiesto lo que en realidad somos.
Por eso debemos estar sobre aviso, máxime al principio de la tentación;
porque es más fácil vencer al enemigo si, apenas llama a la puerta del alma, se
sale hacia encuentro y no se le deja entrar en ella, sino que se le rechaza en
el umbral. Por eso alguien dijo, ataja el mal en sus principios, porque de lo
contrario, toda dilación lo agrava y entonces será tardío el remedio.

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