jueves, noviembre 13, 2025

El Santísimo Sacramento y la Virgen María salvan a un niño judío de las llamas de un horno

  

Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, por el Padre Alonso Rodríguez.

Frecuentar la sagrada Comunión es gran remedio contra todas las tentaciones y particularmente para conservar la castidad. 



Cuenta san Nicéforo y otros contemporáneos una hermosa historia que aconteció en la ciudad de Constantinopla. Era costumbre muy antigua en la Iglesia griega, la de consagrar el Cuerpo Santísimo de nuestro Señor Jesucristo, en panes como los que se hacen para comer y de estos, comulgaban al pueblo, y si algunas reliquias sobraban en la custodia, llamaban, los sacerdotes, a algunos niños, de los más virtuosos que andaban en la escuela y de que cuya sinceridad se pudiese tener mayor satisfacción, y estando en ayuno, les daban aquellas santísimas reliquias para que las recibiesen.

Y esto dice el mismo Nicéforo, que pasó con él muchas veces siendo niño y de poca edad y criándose en la iglesia, acaeció pues, que yendo una vez los niños que para esto estaban llamados, fue entre ellos un hijo de un judío artesano vidriero, y comulgó juntamente con los demas. Tardó el niño de acudir a casa a la hora de acostumbrada y preguntándole su padre de dónde venía, dijo que de la iglesia de los cristianos y que había comido del otro pan que daban a los muchachos. Tornó tan grande ira contra su hijo que sin esperar más a razones de tomó y lo echó en el horno de hacer vidrios, que estaba encendido y cerró la puerta. La madre echando menos a su hijo y viendo qué pasaba mucho tiempo y no aparecía, salió a buscarla por toda la ciudad, y sin descubrir ni haya rastro de él, volviose a su casa muy lastimada, donde al cabo de tres días estando junto al horno, llorado y gimiendo comenzó a llamar a su hijo por su nombre, el cual, oyendo y conociendo la voz de su madre, le respondió desde dentro del horno donde estaba. Entonces ella, quebrando la puerta del horno, vio a su hijo estar en medio del fuego tan sano y sin lesión, que ni un solo cabello, había tocado el fuego. Y preguntándole quién le había cuidado, respondió que una señora vestida de Grana había venido muchas veces y con agua que echaba, apagaba el fuego y además de esto, le traía de comer. Supo esto el Emperador Justiniano y mandó bautizar al niño y a la madre que quisieron ser cristianos y al desventurado del padre, que no se quiso convertir, le hizo colgar de un árbol y así murió ahorcado.

Lo que obró este Santísimo sacramento en el cuerpo de este niño que le había recibido conservándole sin lesión alguna y en medio del fuego, es obra espiritualmente en las almas de los que dignamente la reciben, defendiéndolas y conservándolas, sin lesión alguna y en medio del fuego de las tentaciones.


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