Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, por el Padre Alonso
Rodríguez.
Frecuentar la sagrada Comunión es gran remedio contra todas las tentaciones
y particularmente para conservar la castidad.
Cuenta san Nicéforo y otros contemporáneos una hermosa historia que
aconteció en la ciudad de Constantinopla. Era costumbre muy antigua en la
Iglesia griega, la de consagrar el Cuerpo Santísimo de nuestro Señor
Jesucristo, en panes como los que se hacen para comer y de estos, comulgaban al
pueblo, y si algunas reliquias sobraban en la custodia, llamaban, los
sacerdotes, a algunos niños, de los más virtuosos que andaban en la escuela y
de que cuya sinceridad se pudiese tener mayor satisfacción, y estando en ayuno,
les daban aquellas santísimas reliquias para que las recibiesen.
Y esto dice el mismo Nicéforo, que pasó con él muchas veces siendo niño y
de poca edad y criándose en la iglesia, acaeció pues, que yendo una vez los
niños que para esto estaban llamados, fue entre ellos un hijo de un judío artesano
vidriero, y comulgó juntamente con los demas. Tardó el niño de acudir a casa a
la hora de acostumbrada y preguntándole su padre de dónde venía, dijo que de la
iglesia de los cristianos y que había comido del otro pan que daban a los
muchachos. Tornó tan grande ira contra su hijo que sin esperar más a razones de
tomó y lo echó en el horno de hacer vidrios, que estaba encendido y cerró la
puerta. La madre echando menos a su hijo y viendo qué pasaba mucho tiempo y no aparecía,
salió a buscarla por toda la ciudad, y sin descubrir ni haya rastro de él,
volviose a su casa muy lastimada, donde al cabo de tres días estando junto al
horno, llorado y gimiendo comenzó a llamar a su hijo por su nombre, el cual,
oyendo y conociendo la voz de su madre, le respondió desde dentro del horno
donde estaba. Entonces ella, quebrando la puerta del horno, vio a su hijo estar
en medio del fuego tan sano y sin lesión, que ni un solo cabello, había tocado
el fuego. Y preguntándole quién le había cuidado, respondió que una señora
vestida de Grana había venido muchas veces y con agua que echaba, apagaba el
fuego y además de esto, le traía de comer. Supo esto el Emperador Justiniano y
mandó bautizar al niño y a la madre que quisieron ser cristianos y al
desventurado del padre, que no se quiso convertir, le hizo colgar de un árbol y
así murió ahorcado.
Lo que obró este Santísimo sacramento en el cuerpo de este niño que le
había recibido conservándole sin lesión alguna y en medio del fuego, es obra
espiritualmente en las almas de los que dignamente la reciben, defendiéndolas y
conservándolas, sin lesión alguna y en medio del fuego de las tentaciones.

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