Lamentablemente —o quizá,
providencialmente— esta fiel discípula no había tenido la oportunidad de ver a san Francisco de Sales, su tutor, su confesor, su guía, en el momento de su muerte, de oír un consejo que pudiera transmitir a sus
hijas espirituales, de recibir una última mirada del guía que la dejaba para
siempre… Estos dos grandes santos que, juntos, marcaron la historia con su
piadosa confraternidad, se separaron sin despedidas. ¿Por qué? Para purificar
su afecto en el fuego de la confianza y hacerlo semejante al sublime amor que
envuelve a la Trinidad Beatísima.
Arrodillada ante el cuerpo inerte
del obispo de Ginebra, Santa Juana suspira en su interior por un postrer gesto
de paternidad. En determinado momento, le coge reverentemente la mano y la pone
sobre su cabeza y, para sorpresa y asombro de las religiosas que asisten a la
escena, él restituye inmediatamente esa manifestación de estima con la dulzura
que tanto lo había caracterizado en vida, ¡acariciándola durante unos instantes!
Este hecho milagroso —que algunos
afirman que ocurrió antes del entierro de San Francisco de Sales, en enero de
1623, y otros lo sitúan en agosto de 1632, cuando fueron exhumados los restos
del santo prelado y lo encontraron incorrupto—, ilustra la intensidad del amor
que unió a los dos santos en la tierra, hasta el punto de sobrepasar los
límites de la eternidad.


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